El sábado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron los ataques más grandes de su historia conjunta contra territorio iraní. El ayatolá Jamenei murió el primer día. Para el lunes, los mercados ya estaban contando el costo.
El oro tocó los $5,417 por onza, un récord histórico, mientras los inversores abandonaban activos de riesgo en masa buscando refugio. El petróleo Brent se disparó un 13% en la apertura del domingo. No fue pánico irracional — fue el mercado procesando algo muy concreto: al menos cinco tanqueros dañados, dos personas muertas y alrededor de 150 buques varados alrededor del Estrecho de Hormuz.
El Estrecho que paraliza todo
Ese estrecho es el problema real. No está formalmente cerrado, pero para efectos prácticos lo está: las aseguradoras retiraron su cobertura y los operadores comerciales abandonaron la ruta. El resultado para el flujo de carga es básicamente el mismo que un bloqueo físico. No es una prima de riesgo abstracta. Son barriles físicos que no se mueven.
Y las proyecciones no son tranquilizadoras. Goldman Sachs ya tiene calculada una prima de riesgo de $18 por barril en tiempo real, mientras Bank of America advierte que el Brent podría subir entre $40 y $80 adicionales si la disrupción se prolonga. Si la guerra dura más de tres semanas, JPMorgan ve al crudo llegando a $120 por barril.
Lo que viene para el oro y la inflación
Para el oro el escenario es distinto pero igual de claro. Los analistas lo ven bien sostenido por encima de todos sus promedios móviles clave, con sesgo alcista consolidado. Otros proyectan $6,000 o más si las disrupciones en el estrecho se mantienen sin solución diplomática a la vista. El combustible del alza es doble: demanda de refugio y una Fed que difícilmente pueda bajar tasas si la energía vuelve a empujar la inflación.
Para el inversor latinoamericano la traducción es directa: gasolina más cara, monedas locales bajo presión, inflación que no cede y tasas que tampoco bajan. Lo que pasa en el Golfo Pérsico llega al surtidor de Bogotá, Ciudad de México y Lima más rápido de lo que parece.
El mercado todavía le apuesta a que esto dura semanas, no meses. Puede que tenga razón. Pero el Estrecho lleva cinco días sin tráfico comercial, y cada día que pasa le suma presión a esa apuesta.
El 30% del combustible de avión de Europa pasa por esa misma franja de agua. Las aerolíneas ya lo saben.